Creo que ya no te quiero. Creo que no te quise nunca. Quiero creerlo.
Quizás así no duela tanto el no tenerte.
Mierda. Dejé de escribir por esto, por no hacerlo sobre ti.
Y es que siempre acabas saliendo. Y es que nunca te has ido.
Ya no te tengo en cuerpo presente, ya no te rozo -ni me rozas- la piel.
Simplemente estás, y eso va siendo mi mayor desgaste, ese desastre de pies a cabeza que atormenta como nunca antes ha atormentado nada.
Tu presencia era un pozo,
sabías tentar a ahogarme con solo medio suspiro tuyo.
Te echo de menos.
Joder, cuántas veces habré prometido al sol no añorarte.
Cuántas veces juré -y perjuré después- que algo que me hunde no puede darme luz.
Cuántas veces sonreí cuando me preguntaban si seguía contigo en la cabeza.
Qué ignorante puedo llegar a ser. Y es que te tenía en todo el cuerpo.
Te quiero a mi lado.
Es cierto, un infierno tus caricias, Apocalipsis con tus besos. El demonio en de tu mirada.
Y aun así eras poesía.
Y sigue habiendo versos rotos para ti. Versos y besos que no daré a nadie más.
Te parecerá bien apropiarte así de todo. Adueñarte de cada quejido.
De cada sentido cada vez que se me ocurre hablar.
Que sí te quiero. Que sí te quise siempre. Aunque cueste creerlo.
Quizás no te des cuenta de cómo duele tanto el no tenerte.
Y de esto saco en claro una única cosa,
fuiste mi único motivo para respirar
y ahora eres mi mayor motivo para dejar de hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario